Hoy ando mareada de tanto pensar.
¿Se puede detener el pensamiento? Es como un goteo incesante, plausible, pero
ahí está, como una gota china. Quizás por eso vuelvo a estos lares, o quizás para
rellenar el vacío de todo: de ti, de mi, de nosotras, del trabajo, y de esta
puta vida que se tambalea.
Mi hermano se muere, y yo mientras
tanto, lo único que busco es amor. Mi familia preocupada por él, y yo buscando desesperadamente
unos brazos que me sostengan y una mano a la que aferrarme.
Mientras tanto, el dolor me
golpea. Es un dolor sordo. Continuo. Es un rugido que se me ha colado por
dentro, por todas esas grietas que pueblan mi piel, que no son otra cosa que la
huella de la vida: su arado en mi. Su golpe. Su cuchillo y su piedra.
Y tú eres uno. Esa ausencia que
me has dejado, así sin más. De repente. Tu nombre me escuece en los labios
cuando te pronuncio, aquí en casa, en silencio, y ya ves, no recibo respuesta.
Sé que nunca fui tu paisaje.
Nunca. Y yo, lo sabía. Era consciente. Sabía que para ti, era un juego. Me dijiste:
“no quiero más intimidad”, pero nunca la tuvimos, porque siempre, siempre
rehuiste de mi. No fui tu paisaje. Ni fui tu jardín. Porque no me regaste
nunca. Y yo, fallecía lentamente. Me quedaba mustia. Pero buscaba en tu boca el
aliento del aire, la caridad de unos rayos de sol, mínimos, pero suficientes
para continuar con vida. Pero ese era mi mundo. Y tú me cortaste de tu vida,
como si fuera una mala hierba, un helecho.
Para escribir, es necesario que
la vida te duela. Y para ser romántica, para escribir al amor, es necesario ser
hiperbólica. No hay más.
No hay comentarios:
Publicar un comentario