Querida Carmen,
Hoy es fiesta en Barcelona. La
Mercè. Y eso significa que tengo el día limpio de obligaciones, y que mi único
quehacer de hoy es estar conmigo, hablarme, escucharme y sentirme.
Por eso hoy, que la vida me lo
permite, y no me pone zancadillas con sus urgencias, y sus idas y venidas, te
escribo.
Hace un mes, tan sólo hace un
mes, que un gran amigo mío me dijo: ¿A quién te gustaría conocer y que aún
estuviera vivo?
Y yo sin titubeos, y con voz
firme, dije: “Carmen Balcells”
Y entonces, me dijo: ¿Y por qué
no la escribes, y os conocéis?
Y quizás en otros oídos hubieran caído
como un despropósito, un desatino adolescente. Pero no en mí, porque la vida, me
ha hecho creer en imposibles. Y pensé, sí, la tengo que escribir, y la tengo
que pedir un café, así sin más, para que me cuente su vida, para que me hable
de Terenci, de Mario, de la Torres, de la Matute… y de todos los hijos que
tuvo.
Pero no me ha dado tiempo a
hacerlo. La vida no entiende de esperas, ni de procastinaciones. La vida y la
muerte avanzan a hurtadillas, cogidas de la mano, mientras las floren rugen a
su paso.
Y el sueño se evaporó, y se ha
tornado imposible. En un reto inútil, porque no puede ser.
“¡Qué mierda Claudia! ¡Qué mierda!
Otra vez dejándolo todo para el mañana, y al final, el mañana te atrapa.
¿Cuándo aprenderás que la vida es aquí y ahora?”, me digo y me recrimino.
Así que lo único que puedo hacer,
ahora, es escribirte, de manera póstuma, y de manera triste, porque es así,
como nos has dejado a todos los que queremos los libros.
Te has ido este lunes, y ahora
estamos huérfanos. Y huecos. Y solos.
Y mientras, los epubs, avanzan,
la tecnología triunfa, y las librerías desaparecen, y cierran sus puertas,
porque ya nadie quiere comprar historias de carabineros y fantasmas. Porque ya
nadie se entretiene con villanos que conquistan a princesas.
Sólo los nostálgicos. Los
tristes. Los que suspiran por un pasado mejor.
Y vengo aquí a llorarte, en este
pequeño rincón blanco. Porque quiero honrar tu nombre y tu obra.
Gracias Carmen por confiar en
Mario. Y en Gabo. Y en muchos otros. Porque cuando tú les conociste, estaban
empezando a gatear por las letras, a balbucear sus primeras historias. Y tú,
así sin más, creíste en ellos. Y les recogiste en tu pecho. Y les amamantastés.
Y como buena madre, tan sólo les pediste una cosa: escribir. Escribir. Escribir
hasta que se quedaran vacíos de palabras, hasta que tan sólo fueran viento. Que
escribieran hasta que sus dedos se plagaran de callos de tanto rasguear
palabras. Y eso fue lo hicieron.
Y entonces, ellos tocaron el
cielo.
Y nosotros también.
Por eso gracias Carmen, gracias
por todo.
Gracias por creer en los
desconocidos. En los anónimos. Y también por no abandonar nunca, nunca a
aquellos que perdieron la fe en si mismos, porque tú, diste la mano a Ana, cuando los mercados la
habían relegado al cuarto de atrás. Pero no tú. Y entonces, ella, volvió a
escribir como nunca. A raudales. Y escribió su gran obra. Una obra majestuosa y
portentosa. Por eso, gracias.
Hoy, que ya no estas, voy a pesar
por el Paseo de Gracia, que hacen la Feria del Libro de Ocasión, a ver si
encuentro alguna reliquia, un talismán que me proteja de los malos vientos.
Un abrazo desde la tierra,
Claudia.

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