viernes, 15 de noviembre de 2013

Crack

Mi coche se ha convertido en mi nuevo amigo. En mi refugio. Me subo en él, y en modo automático me lleva a los sitios que le digo, y mientras tanto, aguanta mis lágrimas. 

Estar en el coche se ha convertido en estar en otra dimensión. Me enchufa al pasado. Y a los recuerdos.
Y me sucede de manera mecánica. Después, bajo, cierro la puerta, “plas”, un portazo, y ya está. Lo que haya pasado, y le haya dicho, se queda entre él y yo. El golpe de la puerta me devuelve a la vida, a la rutina, aunque a veces sienta que me falta un trozo de mi corazón.

Ayer estuve a una entrevista para ser Tripulante de vuelo, o dicho de otra manera: azafata. Y ¿qué hacía allí? Ni yo misma lo sé. Me dí cuenta allí que estoy totalmente pérdida. El hombre hablaba y hablaba sin parar, el hombre me enseñaba multitud de páginas y me decía que era profesión del futuro, y además me aseguraba trabajo, pero yo mientras tanto me sentía pequeña y absurda, y tan sólo me preguntaba ¿qué coño hago aquí? 

Y me quise ir, y gritarle, que a mí me daba igual tener un trabajo, que yo ahora mismo lo que quiero es estar feliz, que quiero que mi vida vuelva a tener guirnaldas y música a todo volumen.

Pero no hice eso. Le escuche atentamente, y de manera muy educada, me despedí de él.

Adiós. 

3 comentarios:

  1. Puede que sea bonito ser azafata y estar siempre en lugares distintos. O en no lugares, como si nadie pudiera atraparte y fueras totalmente libre como el agua de los oceános y los ríos.

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  2. Ah, yo pasé mucho tiempo en mi coche en el pasado. Ahora lo he cambiado por una casa toda para mí. Es mi coche.

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  3. Es bonito lo que comentas de los "no lugares" ;).

    Pero por ahora descarto la opción. Hoy quiero ser panadera y dar los buenos días a la gente, y entregarles el pan calentito, y los croissants recién hechos. Mañana.... quien sabe...

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