La noticia del día es que mi amigo J. se casa. La fecha
para el evento: 1 de marzo.
Se le ve contento e ilusionado. Como
cuando éramos niños y estrenábamos un par de zapatillas. Yo ese día, me creía
con muchos superpoderes. Me creía más guapa, más fuerte, más lista, y más
rápida. Y todo por unas zapatillas. Me creía la chica más molona. Recuerdo una
vez que estrené unas de color azul, y la suela era de colorines superchillones,
y fue eso lo que me llevo a comprármelas.
Ahora lo pienso, y me río. ¡Joder si la
suela no te la va a ver nadie!
Volviendo a J. Me hace pensar en el amor.
En su volatilidad. Y su fragilidad.
Y pienso que el amor es como un frissbee.
Es algo redondo, ligero, y volátil. Y siempre con colores chillones, y
llamativos: rojo, amarillo, o verde clorofila. Pero el amor, como el frissbee,
se ve. Ya lo dice la canción: “Se te nota en la mirada, que andas enamorada”.
Además, como el amor, lo lanzas con la
mano, al aire, y si tienes suerte, volverá otra vez al lugar de origen. A tu
mano. Volverá a ti.
Y si lo lanzas bien, si tienes técnica, si
eres diestro, cogerá mucha velocidad y te podrá silbar, quien sabe, si alguna
canción.
Hay gente que se encuentra con frisbees
iluminados. Se les llama “flashlight”. Y entonces, ese amor durará más allá de
la luz del día. Hasta la puesta del sol.
También puede suceder, que lo lances, y que
lo lances con mucha energía, con mucho ímpetu, con muchas ganas, pero que ese
amor se quede a medio camino, y no vuelva.
A mí me pasa eso. Y es que siempre fui una
niña torpe en los deportes.
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