miércoles, 13 de noviembre de 2013

Los discos voladores

La noticia del día es que mi amigo J. se casa. La fecha para el evento: 1 de marzo. 

Se le ve contento e ilusionado. Como cuando éramos niños y estrenábamos un par de zapatillas. Yo ese día, me creía con muchos superpoderes. Me creía más guapa, más fuerte, más lista, y más rápida. Y todo por unas zapatillas. Me creía la chica más molona. Recuerdo una vez que estrené unas de color azul, y la suela era de colorines superchillones, y fue eso lo que me llevo a comprármelas. 


Ahora lo pienso, y me río. ¡Joder si la suela no te la va a ver nadie! 
 
Volviendo a J. Me hace pensar en el amor. En su volatilidad. Y su fragilidad.
 
Y pienso que el amor es como un frissbee. Es algo redondo, ligero, y volátil. Y siempre con colores chillones, y llamativos: rojo, amarillo, o verde clorofila. Pero el amor, como el frissbee, se ve. Ya lo dice la canción: “Se te nota en la mirada, que andas enamorada”.
 
Además, como el amor, lo lanzas con la mano, al aire, y si tienes suerte, volverá otra vez al lugar de origen. A tu mano. Volverá a ti.
 
Y si lo lanzas bien, si tienes técnica, si eres diestro, cogerá mucha velocidad y te podrá silbar, quien sabe, si alguna canción.
 
Hay gente que se encuentra con frisbees iluminados. Se les llama “flashlight”. Y entonces, ese amor durará más allá de la luz del día. Hasta la puesta del sol.
 
También puede suceder, que lo lances, y que lo lances con mucha energía, con mucho ímpetu, con muchas ganas, pero que ese amor se quede a medio camino, y no vuelva.
 
A mí me pasa eso. Y es que siempre fui una niña torpe en los deportes. 

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