He quedado con P. Hacía mucho tiempo que no le veía. Ha estado en Finlandia
durante nueve meses. Le salió una oportunidad de trabajo y no se lo pensó dos
veces. Al fin y al cabo, aquí no tenía nada. Había roto con la novia. Quizás
era una manera de huir, de escapar del dolor. Alguna vez que otra he utilizado
esa estrategia.
Irme de un lugar para encontrar la felicidad. Pero es engañarse. No te
puedes ir de ti misma. Siempre vas contigo. Siempre estás contigo. Vayas donde
vayas. Aunque un avión te lleve a 3000 kms de distancia de donde estés. Cambia
el paisaje. Cambian los personajes. Pero tú prosigues. Y eres.
Me ha dicho que Finlandia no es un país para vivir. Es triste. Dice que a
las ocho, cuando se ponía en la terraza, cubierta de cristales, miraba la
ciudad. Una ciudad apagada, oscura, porque a esa hora, todos los edificios ya
no tenían luz. La gente ya estaba durmiendo. Y soñando. Entonces el en ese momento encendía el Skype y pedía a su
familia que se sentarán juntos en el sofá para verlos. Para sentirse como en
casa.
Y me lo he imaginado allí durante
nueve meses, esperando a que el reloj marcará las ocho, para imitar un hogar
que no sentía.
Me ha conmovido.
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